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Amando a lola

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Amando  a lola

...y te mostraré algo distinto de tu sombra de la mañana que avanza tras de ti

o de tu sombra del atardecer que se alza a tu encuentro;

te mostraré el miedo en un puñado de polvo’

T.S Eliot

Por Carlos Latorre

 

Hoy solo me asiste la exhumación de su recuerdo porque yo también amé perdidamente a  Lola Ruiz.  La conocí por el historiador Luis Hernando Ríos en sus Memorias de una vieja tradición barrial y local y  la amé como se ama a esas mujeres que no nos pertenecen nunca  y que tampoco deberían pertenecernos jamás. Habrán notado que no fui el único que amé a Lola,  pero guardo la esperanza de haber sido  de los pocos que la amé y la amará sin reparos y con la fe en su mirada posada sobre mi vida.

 Tal vez uno de los  primeros en amarla fue Abel Ariza, cuando ella era Lolita y era tan  hermosa como la adolescente de Vladimir Nabokov. Ariza era propietario de algunas fábricas de tejas en Barbosa (Santander) y por tanto representaba  para Lola cosas diferentes a las que yo, por ejemplo, pudiera representar.  Antes de cumplir los veintidós Lola tuvo cuatro hijos con Ariza, el último de ellos la niña Sofía  que era un homenaje a la sabiduría. Pero Yavé no fue el único en preferir las ofrendas de Abel, también Lola aceptaba las ofrendas amorosas de éste; de Abel  Peña, un trabajador de las fábricas de tejas de Ariza que tenía antecedentes judiciales. Peña amó apasionadamente a Lola  pero con un amor que a la postre se quedó en una forma muy primitiva y desmesurada.

 Josefina Moreno amaba también a Abel Ariza y María del Carmen Bárcenas a Abel Peña. Yo llanamente amo a Lola y a todas las Lolas representadas por ella y ante su proceder no me queda más remedio que agradecer a Dios el regalo de la presencia de Lola y la generosidad de su sonrisa mientras me ocupo de mi labranza.

 Lola era  Ana Dolores Ruiz Pineda.  Dos de sus hermanas también se llamaban Ana  (Gilma y Elvia)  y la otra  Evangelina.  Su madre trabajaba en unos telares en Puente Nacional (Santander) y ella, por su parte, había trabajado en el servicio doméstico en Bogotá y como cocinera en Chiquinquirá. Pero el principal oficio no remunerado de su vida fue el de la  musa de los sueños y desvaríos de quien intenta esta invocación al tiempo.

 Abel Ariza y Lola se separaron en Barbosa cuando  ella estaba embarazada de Sofía y entonces regresó a Puente Nacional con su familia.  Quienes amaban decidieron sobre el final de Lola. Ellos apretaron la soga y Abel Ariza le pagó un dinero a Abel Peña para que lo librara del amor de Lola. Este fue a Puente Nacional a proponerle un  trabajo a Lola en Bogotá y viajó con ella hasta Chiquinquirá. Allí se hospedaron por unos días en un hotel mientras Peña se adelantaba a ultimar unos detalles.

 El sábado, en el tren del norte, llegaron de Chiquinquirá a Bogotá,  Abel Peña, Lola Ruiz y su hija Sofía. En la estación de Chapinero Lola compró por la ventanilla un caramelo rosado y pegajoso envuelto en papel mantequilla que Sofía apenas saboreó. Esa noche se hospedaron en la finca Isla de Chicuasa de propiedad de Filomena y  Pedro Benavides, ubicada en inmediaciones de La Picota.

 El domingo fueron a almorzar con sopa,  arroz, papa y hueso carnudo  al Veinte de Julio y Peña se detuvo observando la llegada del tranvía. Lola le contó a la  mujer que atendía el restaurante que venía de Chiquinquirá pagando una promesa porque había conseguido trabajo. Los vecinos que vieron a la pareja y a la niña aseguran condenatoriamente que nunca los vieron en el templo del Divino Niño.

 El lunes 16 de abril de 1945 Abel Peña vistió su traje claro  de dril, sombrero oscuro y  alpargatas de cuero muy limpias y Lola una bata beige que resaltaba esa belleza que cegó definitivamente mis cansados ojos. Unos años atrás se había empezado a construir el Hospital San Carlos (Clínica Carlos Lleras) con la fortuna de  Gustavo Restrepo Mejía, uno de los primeros hombres adinerados de Colombia. 

  La pareja y la niña fueron  vistas  por los trabajadores de la obra del Hospital San Carlos desde las doce del día en  una arboleda, a unas cinco cuadras, denominada El Llano de la Mesa, hoy avenida primero de Mayo,  frente del Colegio La Sabiduría donde funcionó la Notaría 54. El hombre silenciosamente recogía los pañales de tela que se secaban al rayo del sol.

 La piel de Lola entró en contacto con  la arboleda y prueba de ello es que algunos fragmentos de su belleza se alojaron entre los eucaliptos y los cipreses australianos. Peña nos dejó sin su presencia física. Lola no  murió por las heridas en el cuello o en los muslos sino por algo que le oprimía su vida. No la mató solamente Peña, él solo fue el autor material y tal vez quien más le reclamaba. La mató un sentimiento desmesurado y una profunda incapacidad de comprender el significado de su dulce mirada. 

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