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Encallar en techo

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Encallar en techo

‘la espesa tierra no comprende tu nombre

hecho de impenetrables substancias divinas’

Pablo Neruda

Por: Carlos Latorre

 Una excusa deportiva para transportarnos a una época histórica

Dos eran las aficiones de Elmer Yats, una mirar los diarios y otra navegar en bote de remo. No leía mucho sino solo  ojeaba y se extasiaba  con la sección de los monos.  Le encantaban Las aventuras de Espinaca Popeye de Elzie Segar y La gata de Tobita de su paisano Bud Fisher.  De su natal Brownsville (Texas) extrañaba los lagos por eso cuando llegó en 1940 a Bogotá lo primero que hizo fue construirse un bote como los de los esquimales denominado Kayak.

 También dos eran las razones por las cuales no leía los diarios, por pereza y porque su español era muy deficiente. Cuando sus pocos amigos bogotanos le preguntaban si hablaba español,  él solo contestaba que ‘uno poquitito`. Tal vez fue esa la razón de su amistad con el periodista Pedro Cárdenas a quien invitaba a su casa, casi exclusivamente para que le contara en inglés las noticias de Colombia. Cárdenas le hacía una selección de algún tema especial. Por ejemplo le leía lo referente al asunto  Mamatoco, el boxeador costeño y periodista de La voz del pueblo, asesinado por la policía. Los esfuerzos pedagógicos de Cárdenas eran notables, sin embargo Elmer se interesaba más en los dibujos de Hernando Turriago conocido como Chapete y por tanto la idea que se hacía del país era a través de las ironías del caricaturista.

 Elmer no gustaba del centro de la ciudad por lo que decían sus paisanos: que allí operaba la Banda de la rata negra que había asaltado la Academia Santafé, la Sastrería Martínez, la Caja de Previsión Social, la Droguería Borda y hasta la Base Aérea de Madrid; por eso Elmer arrendó una casa cerca del Aeropuerto de Techo  para no tener que encontrarse con Travesuras, Aguapanelo, el Manteco, el Pote Hurtado y Mister Yeso, integrantes de la banda. 

 Yats había trabajado en la Pan American Airways en Brownsville y había venido a Colombia con la promesa de parte de Avianca de ser el Jefe del Aeropuerto. Con el paso del tiempo tuvo que conformarse con ser apenas el Capitán de puerto.  En las largas veladas con su esposa Martha Yats, el periodista Cárdenas y Carolina Rivera, la compañera de éste, Elmer se dejaba sumergir en el brandy y echaba a volar sus sueños de filibustero de otros mares y hacía una lenta enumeración de sus metas no alcanzadas.

 El viernes 30 de junio de 1944 la señora Yats invitó a Carolina y a Pedro a compartir una parrillada en su casa. En la intimidad de la velada Martha le contó a Carolina sobre un romance de una funcionaria y su jefe en la embajada norteamericana, donde ella trabajaba y de pasada aprovechó para invitarlos a nombre de su esposo a ir en bote el  domingo 2 de julio ya que Elmer iba a estrenar un motor a gasolina que  había acondicionado.  

 La pareja de periodistasquedaron en confirmar su presencia ya que realizaban una investigación sobre la prostitución en el Camellón de las Nieves. El domingo, Carolina y Pedro  se encontraron con Betsy en el Camellón  y ésta  les hizo un largo recuento  de su relación con Castillo su cliente más antiguo y entrañable. Como tal relación era casi un matrimonio Betsy se extendió  en descripciones y detalles de las diferentes etapas. A los periodistas  la narración no les pareció de lo más interesante pero tuvieron que resignar su pequeño plan. Los Yats esperaron hasta las tres de la tarde y partieron a  su viaje en las inundaciones que se habían formado en la sabana cerca del Aeropuerto.

 No se sabe muy bien si la intención de Elmer con el viaje era la mera diversión o  tal vez algo como la felicidad o la libertad o tal vez metas más terrenales comunes a los de su raza, lo cierto es que el contacto con la naturaleza se convirtió en soledad, temor y tragedia. La pareja intentó hacer señales con un suéter rojo pero el éxtasis de las profundidades de las aguas de los dominios del cacique de Techo fue más dulce que los últimos estertores de vida.

 El mayor Reed Mason  agregado de la aeronáutica en  la Embajada de los Estados Unidos ofrecía una comida esa noche  y había convenido en recoger a los Yats.  Cuando reparó en su ausencia informó a Martín del Corral, Gerente de Avianca, quien dispuso que dos Boeing iniciaran la búsqueda. El capitán Bradley que piloteaba uno de los aviones avistó el bote en linderos de lo que después sería Kennedy Central. El Club de los Lagartos prestó una embarcación para el rescate. Se halló el bote, el suéter rojo  y un eco a interrogante que aún hoy oigo entre los edificios de las supermanzanas. 

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